jueves, 1 de noviembre de 2018

Fiesta de Todos los Santos

Desde que tengo uso de razón creo creer en la Fiesta de Todos los Santos. Con el tiempo fui entendiendo mejor, profundizando, en su significado. Y en estos meses empecé a vivirlo.
Decía el Papa Francisco hace exactamente dos años: “Con toda la Iglesia celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos. Recordamos así, no sólo a aquellos que han sido proclamados santos a lo largo de la historia, sino también a tantos hermanos nuestros que han vivido su vida cristiana en la plenitud de la fe y del amor, en medio de una existencia sencilla y oculta. Seguramente, entre ellos hay muchos de nuestros familiares, amigos y conocidos... si hay algo que caracteriza a los santos es que son realmente felices. Han encontrado el secreto de esa felicidad auténtica, que anida en el fondo del alma y que tiene su fuente en el amor de Dios. Por eso, a los santos se les llama bienaventurados.”. Y agregaba un año después: “Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana. Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada por este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas «de la puerta de al lado», que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo.”.
La Fiesta de Todos los Santos es la fiesta de todos aquellos que nos precedieron, que ya han partido al Cielo, y con quienes seguimos en comunión, quienes siguen intercediendo por nosotros, y con quienes tenemos la certeza de algún día reencontrarnos en la Felicidad Eterna.
San Pablo dijo que “si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús” (1 Tes 4, 13-14) y “si morimos con Él, también viviremos con Él” (2 Tm 2, 11). Y Jesús ya nos había dicho: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que creer en mí, aunque muerra, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Creés esto?” (Jn 11, 21-26). Porque “no es un Dios de muertos sino de vivos” (Mc 12, 27).
Hace poco traía la Lectura del Evangelio en nuestra misa de casamiento: la Casa edificada sobre Roca. Intencionalmente elegimos empezarla unos versículos antes: “No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.
Mary fue siempre una mujer de Fe. Releer las cartas de nuestro noviazgo en estos meses me hizo tomar más conciencia todavía. Fue una mujer de Fe con sus vaivenes, como todos. Pero lo fue hasta el final. La paz y la fortaleza con la que vivió sus últimos días fueron fruto de esa Vida de Fe. Con comunión diaria en el Triduo final: viernes, sábado y domingo. Con Unción de los Enfermos, donde terminó diciendo: “sentí realmente la presencia del Espíritu Santo”. Y les juro que brillaba. Y su despedida fue la Misa que ella misma organizó, en nuestra pieza, en nuestra cama.
Ese domingo 12 de agosto, a la tarde, se despidió. Finalizada la Misa me pidió que se vayan todos, para descansar. Cuando sólo quedábamos los 4, le dio un beso a Lu y Nico, y se acostó a dormir. Sólo se despertó a medianoche, cuando tuvimos nuestro último diálogo estando ambos despiertos. Le dí la medicación para el dolor, la tapé, me acosté a su lado, recuerdo que nos besamos, nos deseamos buenas noches... Y nunca más despertó. Se fue llena de Dios. Con mucha fortaleza y mucha paz, algo que nos regaló también a los demás. Y por eso tengo la certeza que ya está viviendo resucitada, en la Gloria de Dios, con Él, feliz. Desde aquel 14 de agosto de 2018 y para siempre, por la eternidad.
Porque soy un hombre de Fe, y creo realmente todo lo que acabo de escribir, es que pude decirle hace casi un mes: “No sé el porqué de tu partida, pero tengo certeza del reencuentro.”.

 

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